Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas con la etiqueta la locura

Árbol de la Vida

Toda mi vida desee ejercer el oficio artesano de poeta. En este las palabras se enhebran como cuentas, ubicadas según su musicalidad, y así se va tejiendo verso a verso una idea que se vuelve verdadera solo por su belleza. Conquistar ese don de engaño fue todo mi afán, lo repetiré cuantas veces me lo pregunten, desde niño. Mientras atravesaba los cortos años de mi juventud la realidad pudo desencantarme y comprendí que mis delicados y falaces versos nunca verían la luz de los salones literarios donde el derecho a la palabra es un privilegio otorgado por la sangre o un caro platillo con el que pueden deleitarse las elites que conquistan, junto al ritmo de los versos, una renovadora sensación de profunda humanidad que no puede comprarse en ningún otro sitio, por exclusivo que este sea. En mi oscura búsqueda de la belleza tuve, extrañamente, certeza del instante en que elegí ese camino. Cavilé largamente sobre el principio de mi amor por las palabras. Fue en mi infancia, luego del d...

El Diario

El colectivo que me depositó en Bermejo estaba atestado de trabajadores que regresaban a sus pueblos de origen y rebosaba pestilente sudor. A pesar del “calor humano” en que viajábamos su interior estaba helado, por un mal funcionamiento de su refrigeración. Yo me repetía, para consolarme, que las incomodidades eran en realidad una aventura y que estaban largamente justificadas. Al descender de mi transporte los cuarenta grados centígrados del verano norteño me provocaron un pequeño mareo. Resignándome a una futura gripe, encendí un cigarrillo para distraerme y evitar maldecir a mis anfitriones y también a mí mismo por prestarme a un vía crucis de tormentos sin gloria final. Todo por vender mis libros. Cuando mi paquete de cigarrillos estaba menguando llegó un taxi que me condujo a la casa de la Presidenta de la Comisión de Damas. La mujer era una cincuentona que impresionaba por la colección de joyas que la adornaban. Ella era disciplinadam...

Peregrina (Relato sobre los extraviados de la eternidad)

Frente a un par de policías, bajo la triste epilepsia de una amarillenta bombilla eléctrica, Elena observa el lento vuelo de una mosca. A pesar de lo habitual del hecho, no puede evitar un principio de nausea ante el movimiento en cámara lenta del insecto. La mosca circunda la habitación y sus alas aplauden el aire agradeciendo la liviandad que permite su vuelo. Lenta va moviéndose alrededor del oficial que interroga a la loca. Se encuentra a medio metro del rostro de ese policía sentado frente a ella. En unos minutos ha de posarse en su mejilla, cuando eso ocurra el uniformado va a golpearse el rostro con la palma y solo conseguirá que su rostro brillante, lampiño y grasoso se coloree lentamente, de cobrizo a un delicado violáceo. Eso acabara por ocurrir cuando al fin él termine de desgranar su inacabable pregunta… Elena abandonó Bermejo hace incontables años luego de conocer el destino de su pueblo en los arcanos de una baraja marchita. ...

Relato de los Caminos Maravillosos

Todos lo sabemos, en este mundo no quedan más lugares fantásticos. Sobre los que han existido alguna vez, la discusión discurre en términos estrictamente históricos o literarios. Nunca se ha terminado de valorar la importancia de la geografía literaria. Quizás porque hoy estas disciplinas son patrimonio de cenáculos bastante cerrados. Profesiones que se preocupan de cuidar su patrimonio con mucho mas celo que el que destinan a acrecentarlo. Se acepta generalmente que el común denominador entre literatura y geografía maravillosas es el aventurero, el aventurero iluminado. Hay un hilo conductor entre Gilgamesh, Ulises, Jesús, Polo… la lista es mucho más larga y exótica, por supuesto, hasta morir en medio del anonimato a principios del siglo XVI, en América. Tan fácil como errado seria postular que los últimos aventureros que en este mundo han errado han sido mucho menos osados o afortunados que sus sosías del pasado clásico. Igualmente podría argüir...

Informe de un Viajero

“¡Hola Colo!” Lo saludó confianzudo el chofer del camión de desperdicios. A pesar de tratar de reprimir su desdén, el español miró con cierta distancia al hombre sudoroso (el camión desvencijado recibía de pleno el sol del mediodía). “Suba, Don Colo” modificó su saludo (imposible distinguir si fue en señal de respeto o acentuando la ironía), abriendo la puerta del vehículo para finalmente llevar, luego de varios días de negociaciones informales, al socioantropologo Carlos Cuervo hasta el destino acordado. “¡El circo Berni nos espera! Gritó el obeso empleado del municipio y arrancó viaje con su maloliente carga y un pasajero español sentado a su lado. El científico (era pelirrojo pero le molestaba tanta informalidad con quien debía llevarlo hacia una investigación seria) lo miró con asombro y le recordó que el destino acordado era el basural de Bermejo. “Usted no entiende, don Colo. Hace años, un gobierno militar construyó un gran circo en las afueras del pueblo. Por un accidente que...

La Maquina del Olvido (Primer relato de la serie de los Silencios)

Thomas observó la jauría ruidosa desde la ventana de la torre. Atados en cada extremo de su terreno, en cada árbol, atados también en la ornamental reja de hierro que protegía el jardín. Los perros ladraban y se enredaban liados en sus cadenas creando un increíble caos, un ovillo de músculos, hierro, pulgas y aullidos casi humanos en su irracional desesperación. Thomas observó este espectáculo y vio otra cosa. Él disfrutó del orden simétrico con que los había dispuesto, disfrutó de su diseño, de su organización, gozó la seguridad conquistada. De repente sintió un piedrazo que chocó contra su tejado de tejas de madera impermeabilizada que había obtenido gracias a encargarlas explicitando paso a paso su diseño a uno de los toscos carpinteros de Bermejo. Furioso descendió para reprender a los chicos del pueblo (arriesgándose a ser repelido a piedrazos e insultos como en otras ocasiones) y cuando estaba abriendo la puerta se encontró, con el cura del pueblo en su puerta. La sotana arenos...

El Caudillo

El hombre viejo llegó a su casa pasado el mediodía. Aparatosamente estacionó en la vereda levantando polvo desde la arenosa calle y supero rápidamente el pastizal que servía de frontera natural entre la arena de la calle y los relucientes cerámicos de la vereda. Sin siquiera mirar arriba, protegiéndose del sol, abrió las cerraduras y entró a refugiarse en los paraísos del aire acondicionado dentro de su hogar. Casa de dos plantas, una hermosa fachada y un jardín minuciosamente atendido al frente, pero en el calor del mediodía nadie iba a reparar en ello. La calle estaba desierta, ni una lagartija. Él mucho menos, harto de atender gente que lo juzgaba y criticaba (íntimamente, por fuera solo le ofrecían obsequiosas sonrisas), de su casa solo disfrutaba el interior, el refugio. El resto siempre había pensado que simbolizaba un presente para su familia. Encontró a su mujer en la cocina. Había estado buscándola a ella o a la empleada que la ayudaba en las tareas domésticas por todas...