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El Caudillo


El hombre viejo llegó a su casa pasado el mediodía. Aparatosamente estacionó en la vereda levantando polvo desde la arenosa calle y supero rápidamente el pastizal que servía de frontera natural entre la arena de la calle y los relucientes cerámicos de la vereda. Sin siquiera mirar arriba, protegiéndose del sol, abrió las cerraduras y entró a refugiarse en los paraísos del aire acondicionado dentro de su hogar.
Casa de dos plantas, una hermosa fachada y un jardín minuciosamente atendido al frente, pero en el calor del mediodía nadie iba a reparar en ello. La calle estaba desierta, ni una lagartija. Él mucho menos, harto de atender gente que lo juzgaba y criticaba (íntimamente, por fuera solo le ofrecían obsequiosas sonrisas), de su casa solo disfrutaba el interior, el refugio. El resto siempre había pensado que simbolizaba un presente para su familia.
Encontró a su mujer en la cocina. Había estado buscándola a ella o a la empleada que la ayudaba en las tareas domésticas por todas las habitaciones. Lo flanquearon durante esa busca un par de caniches fantasiosamente peinados. Había revisado la casa en silencio y minuciosamente. La sirvienta lo hubiese recibido rápidamente si se hallase en la casa. Su mujer estaría por allí pero como no tenía buen oído hubiese debido gritar y no quería hacerlo. Después los vecinos chusmearían todo. Ya había ocurrido otras veces.
La casa estaba en penumbras, se justificaba que todas las ventanas estuviesen cerradas para mantener la temperatura agradable, pero la penumbra reinante era molesta. Sin decir nada la saludó (ella cocinaba algo pero era preocupante verla elegir ingredientes a ciegas y luego utilizarlos sin tener en cuenta ninguna medida) y luego de sentarse empezó a quejarse de la sirvienta que había faltado. No le interesaba si tenía alguna justificación o no. Lo importante era que había fallado en su responsabilidad. Ya bastante tenía con soportar a los empleados de la Municipalidad, defendidos por los irresponsables que dirigían el Sindicato. Pero acá, en su casa, cuando algo no era útil se tomaban medidas inmediatamente.
Ella –su mujer- no dijo nada. Quizás por la sordera, quizás porque acordaba con él. Cinco minutos de silencio después se quejó de extrañar aún a una empleada que la había acompañado hacia veinte años. Volvía a recordar a María.
María era una mujer de origen campesino. Había sido entregada por su padres a una familia acomodada cuando era solo una niña, para que viviese en el pueblo y tuviese una oportunidad de estudiar y,  luego de servir en esa casa durante años fue contratada por ellos cuando recién empezaban a amasar poder en serio.
En esa época la gente aun pensaba a la familia como los “del Almacén”, no en los “de la Intendencia”, como ocurría hoy. En la casa, María se encargaba de todo. Desde la comida (claro que comían maíz, batata, mandioca en cantidades que a él le molestaban profundamente), limpieza, cuidado de los chicos y constante acompañamiento a su mujer en la Iglesia. Con su crónica depresión ella se hubiese quedado en tirada en su dormitorio todo el  día de no haber contado con una amiga de confianza.
-María, excelente chica si no hubiera sido una comunista.
Le respondió despectivo el viejo intendente. Su mujer se hizo la desentendida como era habitual. La respuesta no fue contra él, “que no le había dicho”, “que no la respetaba”. No, la respuesta fue mucho más firme.
-Imposible -respondió ella- María era profundamente creyente. Yo rezaba todos los días con ella. Prendíamos velas a todos los santos, rezábamos el rosario juntas. ¡Íbamos a la Iglesia todos los días!
-Además, -insistió- Ella estaba todo el día en la casa, no visitaba a su familia ni le mandaba cartas. ¿Cómo podrían haberla investigado los militares?
El viejo no había esperado tanta oposición. No supo que decir, quizás ella estuviese pensando hace días en María, quizás fuesen las pastillas nuevas. Respondió lo que hubiese dicho aun ante extraños.
-¡Vieja, vos sabes que a mí los militares nunca me dijeron nada sobre lo que hacían! ¡No podes ser tan injusta conmigo y desconfiar así después de tanto tiempo de conocerme!-
Ella permaneció en silencio, aun con la sal en la mano desde que había empezado la discusión. En vez de dejar el frasco en la mesa, salo generosamente (y por tercera vez) la olla humeante.
Él había esperado, luego de ese discurso, algo de culpa en ella. Frente al silencio acusador no se le ocurrió mejor cosa que irse.
El Bar estaba vacío a esa hora. Se acomodó en uno de los hermosos reservados, mullidos sofás de cuero en forma de “ele” que en penumbras permitían hacer lo que se quisiera sin ser visto.
Pidió que le trajeran la marca de whisky que consumía siempre. Le llevaron una elegante pero rotunda botella cuadrada junto con una hielera que parecía de plata. Luego de unas nerviosas chanzas el mozo abrió los ojos escandalizado por la medida repleta que se sirvió el anciano cliente y lo dejó a solas con su botella.
A través de los vidrios oscuros podía ver a los pocos bichos raros que se atrevían a caminar en la horas de mayor calor del día. Se acordó de sus hijos, el inútil del menor trato de quedarse en la casa (estaba seguro de que esas eras sus intimas intenciones) luego de las fiestas de fin de año. Patético el muchacho tratando de aferrarse con uñas y dientes a las polleras de su madre.
Para alejar al zángano esperó a la mañana del siguiente lunes, luego de las fiestas, para despertarlo al mediodía, con sus valijas ya armadas, y echarlo a patadas de la casa. El chico seguiría recibiendo dinero. Pero mientras estuviese lejos.

La mayor era otra cosa. Le preocupaba mucho más que ésta (flamante abogada recibida en la Universidad Católica) no hubiese aparecido por la casa por segundo año consecutivo. A ella la había extrañado durante cada día de ausencia. Cuando era una adolecente la chica había tratado de irse como interna en un colegio pero él la hizo volver.
El whisky calentaba su sangre en la fresca penumbra del bar vacío y mientras semisonriente observaba la pelea territorial de dos lustrines en la acera arrasada por el sol recordó a su bella e inteligente hija. La vez (¡hace casi veinte años ya!) que la María, aquella chusma ignorante que tanto extrañaba hoy su mujer, lo descubrió acariciándola y lo amenazó con denunciarlo, lo obligó a alejarse de esa habitación ¡A él que era el padre!
Tras los ventanales de oscuros vidrios los lustrines se insultaban sistemáticamente. No se escuchaba que decían pero era fácil imaginarlo. Porque así como la crítica con que se socaba a un enemigo es siempre la misma, hace mil años o ahora, los insultos con que se desata la violencia de los seres insignificantes y anónimos es, también una repetición de discursos ya viejos, ya mil veces escupidos.
Como respuesta él le había pedido al comandante que le resolviese el inconveniente. Cuando lo pusieron a cargo de la Intendencia le habían dicho que contase con ellos para cualquier cosa, le allanarían en todo su trabajo. Y cumplieron. Pasaron los años y cambiaron las reglas pero él aun recordaba y extrañaba esa primavera en que se podía gobernar. En que había orden.
Observo frente a si, atravesando la  ventana a los dos niños que habiéndose cansado de insultarse se habían trenzado en una pelea desesperada y sin reglas. Puesto que peleaban por su lugar de trabajo se molerían a golpes de puño, patadas, mordiscos y hasta cajonazos porque era preferible su propia violencia a la paliza que les darían sus padres si regresaban sin monedas a sus casas.
Los chicos seguramente pelearían hasta cansarse puesto que ningún mozo saldría a asarse bajo el sol inclemente.
El whisky ya menguaba en la botella y el viejo ya se animaba a imaginar un futuro con su hija en la casa. Acomodarla en algún cargo político del municipio (era su hija y además abogada, ¿no?). Podría convencerla. Es que la extrañaba obsesivamente. Ella había huido apenas pudo de la casa pero la comprendía. Su madre era depresiva, su hermano un bueno para nada. Él resolvería los problemas y conseguiría que ella regresase.
Tambaleante se acercó al mostrador y pidió un teléfono. Marcó el número de la casa del Comandante y ya su mente divagaba sobre la nueva era de felicidad que aparecía ante sus ojos. Le pediría a los militares que lo libren del lastre de su mujer, esa vieja se estaba pasando de perspicaz. Recuperaría así el amor de su vida. Ganaría libertad. Ganaría una heredera política.
Una voz femenina le respondió. Le contestó que el Comandante además de haberse retirado hace años vivía ya en un asilo, le preguntó luego si quería el número del lugar. El Intendente negó y corto. Y amargado por el presente tan ingrato y por los años que se pasan volando volvió a su mesa, con su botella a cuestas como agarrando un ladrillo.
En la acera, sentado solo, el lustrín victorioso se limpiaba la cara con un trapo sucio de betún.

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