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Informe de un Viajero

“¡Hola Colo!” Lo saludó confianzudo el chofer del camión de desperdicios. A pesar de tratar de reprimir su desdén, el español miró con cierta distancia al hombre sudoroso (el camión desvencijado recibía de pleno el sol del mediodía). “Suba, Don Colo” modificó su saludo (imposible distinguir si fue en señal de respeto o acentuando la ironía), abriendo la puerta del vehículo para finalmente llevar, luego de varios días de negociaciones informales, al socioantropologo Carlos Cuervo hasta el destino acordado.
“¡El circo Berni nos espera! Gritó el obeso empleado del municipio y arrancó viaje con su maloliente carga y un pasajero español sentado a su lado. El científico (era pelirrojo pero le molestaba tanta informalidad con quien debía llevarlo hacia una investigación seria) lo miró con asombro y le recordó que el destino acordado era el basural de Bermejo. “Usted no entiende, don Colo. Hace años, un gobierno militar construyó un gran circo en las afueras del pueblo. Por un accidente que ya nadie recuerda, el circo fue cerrado. Varios años más tarde, un circo privado (el de los Hermanos Berni) se asentó sobre sus ruinas, que habían quedado abandonadas. El gobierno no solo clausuró el lugar (quedando dentro del predio las cosas de los Berni) sino que luego el municipio decidió instalar allí el basural, garantizándose que no aparezcan nuevos picaros. Así que el Basural del pueblo está en donde estuvo el Circo de los Hnos. Berni, ¡y hacia allí vamos!”
Llegué a Bermejo hace una semana. Desde allí debía viajar por ruta hacia el Valle de Lerma. Un corte de ruta (una medida de protesta local) me detiene en este pueblo perdido y no parece que la situación vaya a cambiar en nada en lo inmediato. El viaje a Argentina fue una acción desesperada desde su inicio. A pesar que los patrocinadores nos encargaron investigar sobre duendes, américa era el lugar más inverosímil para hallarlos. La literatura que trata de ellos es en su totalidad plagio y calco de las tradiciones europeas. América masacró a sus originarios. Es más, denominaron “desierto” los lugares poblados por pueblos no civilizados. Se esforzaron en negar y exterminar a los pobladores originarios, ¿Por qué iban luego a recordarlos en mitos?
Es verdad que en el valle de Lerma existe un interesante mestizaje y allí, quizás, existan tradiciones originales sobre duendes y demás, pero, el país esta tan debilitado institucionalmente que quedé varado lejos de mi destino, en este lugar perdido llamado Bermejo. No hallé aquí nada de interés cultural ni turístico. Apenas hay agua potable unas pocas horas al día: paso las horas hirviendo el líquido que necesito para beber. Este plan fue un error y debo dejar constancia de ello.
El trayecto fue corto pero accidentado. El viejo camión resistía, más resignado que sólido, los baches del camino. El basural, situado en las afueras de Bermejo se abría como un gran collage donde la vista se cansaba por lo diverso (tanto como en Bermejo aburrían las casas chatas, los arboles encalados por los empleados del municipio y las calles de tierra, arenosas). El chofer se deshizo de su carga en medio del abandono y luego buscó un lugar adecuado para dejar a su pasajero. Cobró y se retiró llevándose su ruido de metales flojos y su radio con cumbias a todo volumen.
El Basural Municipal era un lugar verdaderamente extraño. Cuervo había preguntado a los lugareños sobre duendes más que nada para matar el tiempo. Además de las historias trilladas que se repetían con mínimas variantes en cualquier geografía, encontró una opinión unánime en el pueblo: En el basural habitaban duendes. El encargado del camión de desperdicios lo juró innúmeras veces y, además, se mostró dispuesto a llevarlo por pocos euros. Bien mirado, ahora sabía que allí había funcionado uno o dos circos y, muchas tradiciones coincidían en que estos seres vivían en lugares abandonados.

Había allí, básicamente, un paisaje asombroso, que de alguna manera tenía su encanto (aunque decadente, claro). La basura se extendía formando montañas aquí y allá, pero también construyendo extrañas torres y campanarios. Junto a otras extrañas formas extravagantes que, además, relucían de colores iridiscentes, matices interminables de óxidos diversos, brillos cristalinos, grutas misteriosas que no parecían fruto del tránsito azaroso y cotidiano del camión de residuos. Sí. El sitio tenía un extraño encanto, cualquiera hubiese pensado en el genio creador de una especie muy distinta de hombres.
 Hubo pocos momentos en que los hombres vivieron cotidianamente el arte, en que su sociedad entera era una dimensión artística. En la prehistoria, cuando la creación era parte del cotidiano ejercicio de la supervivencia, cuando los hombres vivían en el interior de templos naturales en que las fogatas iluminaban un universo sacro donde estaban plasmadas gestas cotidianas y únicas. Un momento similar se vivió (a mi parecer) a fines del siglo XIX cuando la burguesía augente disfrutaba del arte hasta en los más elementales detalles de su vestimenta y utensilios. El Art Noveau se caracterizó por darle estatus artístico a la vida cotidiana. Y un arte de nivel, no rebajado por el proselitismo con que las sociedades suelen estilizar sus producciones. No se trataba en esos momentos impares de convencer a través del arte a nadie de nada, de ninguna moral ni orden social, No, el esfuerzo creador se concentraba en devolver a los hombres la extraña, sacra y oculta belleza que habita en los cortos instantes de su propia vida.
El horizonte se extendía y cada lugar tenía su encanto particular. Solo el mal olor recordaba que eso era un decadente basural. De pronto los vio acercarse, al principio pensó que eran niños buscando algo útil en la basura pero al acercarse ellos, pudo ver que no lo eran. Una colonia de enanos había hecho del basural su morada. Median unos 120 centímetros, de tez morena, delicados rasgos infantiles que apenas permitían distinguir a uno de otro, a machos de hembras. Su piel era morena pero de un matiz cerúleo, como copias ya difusas de un original perdido. Vestían con los harapos que encontraban en la basura pero aun así parecían uniformados miserablemente.
Los enanos no respondían a sus preguntas. A su silencio lo matizaban con el constante interés de mostrarle las creaciones con que habían modificado su basural. Mostraban una cúpula fantástica, la celebraban con gestos felices y ya corrían con sus pequeños pies a otro lugar, a mostrar una nueva maravilla.
El hallazgo de la colonia de enanos ha sido un verdadero regalo del cielo. Hasta hace pocos años debimos esforzarnos en recopilar mitos y leyendas sobre ángeles ya que nuestros patrocinadores nos indicaron que los turistas curiosos estaban interesados en ello. Ahora debimos afanarnos en duendes. Es verdad que me capacite para este trabajo, lo asumo, pero también es verdad que llega un punto en que la mente se aburre de perseguir ficciones que solo entretienen a las masas durante un momento. ¿Es esto lo que quedó de nuestra Universidad? ¿Es esto lo que quedó de nuestra ciencia?
No quiero ponerme en pesado. Solo me interesa destacar que tenemos en un remoto pueblo de américa algo sin precedentes. Aun no puedo aseverar nada más definitivo.
Sin embargo, no creo que se trate de algún vestigio de los pobladores originarios del lugar. Argentina se enorgullece de no tener rasgos amerindios en su población. Mientras se aceleraba el proceso de exterminio (que se extendió hasta las primeras décadas del siglo XX), a fines del siglo XIX un científico argentino pregonó la teoría de un origen americano del hombre. No del Homo sapiens, sino de un “hombre americano”. Lo mejor que pudo hacer para demostrar su hipótesis fue exhibir los esqueletos de los últimos aborígenes derrotados en la caza llevada adelante por su gobierno. Me informe sobre el tema antes de partir hacia estas tierras. Por lo que recuerdo, esos esqueletos titánicos no se parecen en nada a los seres que he visto aquí.
Queda la posibilidad que la marginación y abandono de esta región haya forzado la involución de algunos individuos, tal como se sabe, ya ocurrió en la Baja Edad Media o más cerca, en el nordeste brasilero. No puedo aun asegurarlo. Sus especímenes han de ser (por fuerza) adultos pero no parecen sexualmente desarrollados, sin embargo, de alguna forma han de reproducirse. Tampoco pude ver ancianos, solo he observado que en muchos individuos las articulaciones se vuelven oscuras y delgadas, como si faltase poco para que se sequen y quiebren. Me recordó a la agonía de las cigarras, insectos a los que vi renguear lenta y torpemente hacia su muerte, durante mi niñez, en el pueblo gallego en el que me crie. Pienso que si pudiéramos traer un equipo de antropólogos forenses hasta este lugar podríamos observar muchos cadáveres desmembrados, enterrados o abandonados, no lo sé con certeza ya que no pude observar ritos funerarios entre ellos.
Su entusiasmo no decayó en ningún momento. Podrían haber continuado con el paseo por su mundo el resto del día. En cierto momento los detuvo el hambre. Creo que el alimento que compartieron conmigo fue algo especial, una celebración, quizás, por la inusual visita. Me acercaron a una de las tantas cuevas que había entre la policromatica pradera de basura y sacaron de allí varias cajas con pan dulce. El pan dulce es un alimento tradicional de los argentinos en época de navidad. Es muy usual que el gobierno lo reparta a la población más pobre como regalo al acercarse la nochebuena. La gran cantidad de cajas tiradas a la basura me hizo sospechar que algún líder político las hubiese guardado sin cuidado hasta que el producto se arruinase, forzándolo a desecharlo. Los enanos rompieron los envoltorios y cortaron con las manos los panes entregándome, siempre sonrientes, varios pedazos. Yo los comí gracias a años de profesión, sin estar del todo seguro de que fuese fruta confitada los cuerpos brillantes que poblaban su masa.
Más tarde regresé a Bermejo a pie. Mientras escribía este último informe me llegó una citación de manos de un par de gendarmes. El gobierno consideraba que había irregularidades en mi pasaporte, se exigió mi presencia en la capital de la provincia. Para poder presentarme fui amablemente (es un decir) conducido por un vehículo militar que atravesó los piquetes que bloqueaban la ruta. En las oficinas de migración se me indicó amablemente que debía irme del país. No se me dio tiempo a que ni siquiera trate de mover influencias en las oficinas de mi embajada. De regreso en Bermejo pude observar que el bloqueo de la ruta ya se había levantado.
Traté de entrevistarme con el chofer que me condujo al lugar de mi hallazgo. Me informaron que el gobierno lo había destinado como sereno del cementerio del pueblo (solitario castigo para empleados incompetentes o díscolos). También me informaron que el municipio anunció el traslado del basural del pueblo a otro predio. Ignoro qué ocurrirá con los enanos pero me temo que el gobierno ha de correrlos, ocultarlos o quien sabe qué. El temor a que su existencia sea pública (más allá de las fronteras de Bermejo) parece grande. Mi preocupación es grave y no creo equivocarme en mis apreciaciones pues no creo en las coincidencias.
Cierro este informe mientras espero mi embarque en el avión que me devolverá a Madrid. Pido que se tomen medidas para documentar este hallazgo lo más rápido y sólidamente posible ya que abre perspectivas de gran interés científico, y también turístico, claro está.

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