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Relato de los Caminos Maravillosos

Todos lo sabemos, en este mundo no quedan más lugares fantásticos. Sobre los que han existido alguna vez, la discusión discurre en términos estrictamente históricos o literarios. Nunca se ha terminado de valorar la importancia de la geografía literaria. Quizás porque hoy estas disciplinas son patrimonio de cenáculos bastante cerrados. Profesiones que se preocupan de cuidar su patrimonio con mucho mas celo que el que destinan a acrecentarlo.
Se acepta generalmente que el común denominador entre literatura y geografía maravillosas es el aventurero, el aventurero iluminado. Hay un hilo conductor entre Gilgamesh, Ulises, Jesús, Polo… la lista es mucho más larga y exótica, por supuesto, hasta morir en medio del anonimato a principios del siglo XVI, en América. Tan fácil como errado seria postular que los últimos aventureros que en este mundo han errado han sido mucho menos osados o afortunados que sus sosías del pasado clásico. Igualmente podría argüirse que la imaginación de los hombres va ganando en originalidad a través de la acumulación de los discursos de las generaciones, de las civilizaciones. No me molestaré en desarmar la menos valiosa de estas hipótesis, la que propone un pasado en que los hombres habrían tenido una imaginación algo diferente, más rica, más ingenua o más talentosa. El hombre sigue siendo lo que siempre fue. Lo prueba que yo esté hablando esta noche, lo confirman ustedes escuchando. La segunda teoría no explica la ausencia de modernos aventureros.
Pero excede a este relato el problema de los hombres. Quizás también lo sobrepase el problema del hombre y su camino. Aun así, podremos acordar que existe una convención que reza que hay un hombre viajando y descubre algo inesperado en su extravío. Un hombre. Su singularidad se afirma conforme nos alejamos en el tiempo, tanto como todos los hombres se convierten en él hombre al alejarnos de nuestro presente, de la insuficiente fracción de siglo en que transcurre nuestra vida. En el siglo XVI desaparecen los aventureros. El mundo, sin embargo, recién es completamente circundado a principios del siglo XX. Solo el dominio aéreo permite una visión totalizadora allí en donde incontables caminantes y marinos habían encontrado errores, ensueños y fabulaciones provechosas. Esa diferencia de doscientos años nos está indicando algo, quizás la imperfecta identidad entre la sueños y certezas. Yo creo que además marca el advenimiento de un nuevo tipo de viajero, con un nuevo camino maravilloso. La revolución es el nuevo trayecto fantástico que pueden seguir pueblos y naciones. Hay una larga lista de metáforas que indican la íntima relación entre la geografía fantástica y la geopolítica. Mao Se Dong fue quizás uno de los escritores revolucionarios que más veces subrayó el dato. Mao era poeta, no puedo aseverar su calidad, solo les recuerdo el dato.
Los hombres perdieron algo de su individualidad al aceptar la posibilidad de construir todos juntos una torre perfecta, es decir, infinita. Una torre habitada por muchos pueblos, muchos idiomas, una torre como un hogar último, el hogar a construir. El sueño del futuro, los hombres apostaron a poder predecir el mañana con este sueño.
¿Hay otro camino más allá de esta profecía, de esta videncia de un final provechoso al final del camino si todos los hombres caminan juntos?
Hay, podemos afirmarlo más allá de la sospecha, transiciones.
En Bermejo aún se recuerda la historia de la opulenta pero desaparecida ciudad de Esteco, la historia oficial de esta ciudad reza que fue precipitada en castigo por el egoísmo soberbio de sus habitantes. De la ciudad condenada solo quedó como recuerdo, cuentan, una mujer convertida en piedra por haber vuelto en su huida  la mirada hacia atrás, Esta estatua de piedra camina un paso por año acercándose a la ciudad de Salta (la ciudad más importante de la región). Cuando termine por llegar a su destino, la ciudad colonial estará también condenada.

La ciudad de Esteco fue destruida por un terremoto a principios de mil seiscientos, mientras el mundo colonial temblaba frente a las rebeliones de Túpac Amaru, de Juan Calchaqui, de Cuimbae. En medio de esas guerras (quizás como una victoriosa batalla simbólica) fue completamente destruida. La mujer de piedra es una representación de los dioses aborígenes, del poder de la madre tierra que se acerca con paso lento para acabar con el poder blanco concentrado en Salta. Su sincretización con la mujer de Lot puede deberse a la necesidad de los rebeldes de enmascarar su maldición o al accionar solapado de la Iglesia intentando desfigurar la cultura aborigen. Salta hoy celebra su más importante procesión conjurando su imperecedero temor a los terremotos.

 Esta transición muestra el fin de la etapa de los aventureros conquistadores, porque las ciudades maravillosas (ni siquiera las reales) no tienen cabida en el tablero de batalla del mundo moderno. Las ciudades maravillosas solo perviven en el recuerdo, luego de haber colapsado. El principio del sueño de la revolución llega al finalizar los sueños de descubrimiento.
Pero, insisto ¿Existe otro camino más allá del proclamado camino final? ¿Existe algún sendero, por discreto que sea, que permita a los hombres recordar que la anchura del universo excede necesariamente a la de sus proyectos? ¿Existe, más allá de los caminos alguien que espera nuestro retorno?
Algo parecido a la imaginación que crea mundos nuevos allí donde otros solo ven una ampliación aritmética de pensamientos ya establecidos. De existir algo así, sería deseable que operase a través de historias amables y didácticas. Pero yo no puedo aseverar que sean esos sus métodos. Por regla general los hombres viven en carne propia sus acciones, sus extravíos, sus pasiones, sus revoluciones, su historia toda suele ser escrita con su propia vida, con su sangre, los hombres conocen aun al precio de su cordura.
Hace años salí, como tantas otras veces, a las afueras de Bermejo, al monte. Acompañado por mis perros, mi bolsita con hojas de coca, mi arma y mi vino, a buscar caza. Deambulé buscando un rastro esquivo que desesperaba a mis perros porque tan rápido aparecía como se esfumaba en medio de los árboles. De repente me encontré perdido y solo en medio de la pobre luz solar que conseguía atravesar las ramas de los árboles. Extraviado, me cansé de caminar, me cansé de gritar, esperando hallar un camino o que alguien escuchase mi voz. No sucedió así. Finalmente, ya agotado, cuando me reconocí víctima del monte, percibí el aroma del agua de un cercano río y un rumor… Un murmullo aun irreconocible pero que no era el del sencillo y poderoso fluir del agua. Caminé en dirección a él, y al llegar me sacié de agua, de mi oportunidad de vivir recuperada como un singular milagro ocurrido allí donde dios no mira. Y confirmé que no era solo agua, bajo su profundo y turbio cauce se escondía, tapado por el curso del río, un tesoro, una pequeña ciudadela de oro. El monto del tesoro vislumbrado era incalculable, castillos, templos, mansiones, sin una arquitectura definida o quizás con muchas superpuestas ya que el talento creativo de los hombres no tiene techo cuando no está limitada su potencia para plasmar sus sueños. No vi gentes en ese mundo lacustre pero, allí donde el ancho rio perdía algo de su profundidad, inmensos rebaños de cebúes se acercaban a la orilla, casi emergían sus altos cuernos ya, golosos de los verdes pastos que crecen en nuestro seco mundo.
Maravillado permanecí allí durante horas, caminando a lo largo del trayecto en que el río me ofrecía este tesoro. Durante ese ensueño dominé a mi mente que pugnaba por sacar balances positivos sobre mi vida y la de mi familia toda. Disfruté la alegría del hallazgo, pero me preocupé por memorizar la ubicación del lugar. Siguiendo el curso del agua conseguí regresar a Bermejo. Mis perros me esperaban en casa hambrientos, pero por su fiel generosidad se mostraron alegres de volverme a ver. Descansé un día completo para recuperarme, con mi sueño invadido por las emociones agresivas del reciente extravío, del hambre y de la riqueza. Al salir de mi casa me ocupé en conseguir un buen vehículo que me permitiese regresar a ese especial sitio del río en que me esperaba la fortuna. A crédito conseguí alquilar un vehículo con una razonable capacidad de carga (una viejísima F-100), sogas en cantidad con su necesario malacate, contraté además un par de hombres y tomé prestado de un pariente gendarme un tanque de oxígeno y unas antiparras. El camino de regreso al río fue triunfal, No llovió esa semana así que el vehículo no se empantanó en ningún momento. El monte observaba magnánimo mi regreso.
¿Hace falta que les diga que el tesoro ya no estaba allí? Al llegar al lugar exacto, incluso marcado con anterioridad  para evitar cualquier duda, solo encontré las aguas rojizas, barrosas y los peces con su habitual y ciega indiferencia. Recorrí un largo trayecto del río, buscando aunque sea rastros del ganado submarino, me sumergí repetidas veces, ante las miradas desconfiadas de los hombres que me habían acompañado y ya sospechaban que todo había desaparecido, el tesoro, mi cordura y su salario. Mi retorno a Bermejo fue silencioso, no pude sentir resentimiento ante el monte porque su cielo se mantuvo despejado  aun en ese derrotado regreso, una tormenta hubiese significado perder el vehículo. Más importante que ese temor fue la certeza de que mi interior ya era también un cielo diáfano.
Hoy narro mi historia a todo aquel que quiera conocerla, Sabrán disculparme si tengo especial predilección por hacerlo en los velorios, aun en aquellos que me son completamente ajenos, pero las noches de vigilia son su más propicio teatro y además, en estas reuniones el vino equilibra la tristeza dando a la atención necesaria un color de esperanza. ¿Puedo yo explicar lo que me fue mostrado? No lo creo, no soy más que un borracho vagabundo y no tengo autoridad para las teorías. Solo puedo decirles esto: Perdido en el monte alguien nos espera. Nosotros mismos quizás. Allá en el monte hay algo que no puede acompañarnos de regreso a la vida pueblerina, algo o alguien que quiso hacerme testigo de su esplendor. O quizás aún reconozco su esplendor porque, como un enamorado aun lo recuerdo. Si, seguramente aun lo recuerdo porque vi que su valor es incalculable, mayor que la convencional vida que llevamos y que perdemos a jirones en las pocas décadas que vivimos. Ustedes me entenderán, acompañados de esa silenciosa ausencia que velan en aquel cajón. Ustedes me comprenderán a pesar de su silencio, lo sé, y alguna fibra de su espíritu deseara reencontrarse con aquel tesoro que jamás se olvida.

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