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La Maquina del Olvido (Primer relato de la serie de los Silencios)

Thomas observó la jauría ruidosa desde la ventana de la torre. Atados en cada extremo de su terreno, en cada árbol, atados también en la ornamental reja de hierro que protegía el jardín. Los perros ladraban y se enredaban liados en sus cadenas creando un increíble caos, un ovillo de músculos, hierro, pulgas y aullidos casi humanos en su irracional desesperación. Thomas observó este espectáculo y vio otra cosa. Él disfrutó del orden simétrico con que los había dispuesto, disfrutó de su diseño, de su organización, gozó la seguridad conquistada. De repente sintió un piedrazo que chocó contra su tejado de tejas de madera impermeabilizada que había obtenido gracias a encargarlas explicitando paso a paso su diseño a uno de los toscos carpinteros de Bermejo.
Furioso descendió para reprender a los chicos del pueblo (arriesgándose a ser repelido a piedrazos e insultos como en otras ocasiones) y cuando estaba abriendo la puerta se encontró, con el cura del pueblo en su puerta. La sotana arenosa en los bajos de la falda, la calva brillando bajo el sol infernal.
Hace unos años, cuando el cura había llegado al pueblo, ya lo había visitado. Se había acercado y presentado mezclando italiano, latín y lo poco que conocía de alemán para hacerse entender (ignoraba que su interlocutor manejaba a la perfección esos idiomas y un par mas). Dijo haberles pedido a los vecinos que lo describiesen. Sabía que había llegado huyendo del desastre de la guerra mundial, todos en el pueblo sabían que había sido un criminal y que estaba loco. A pesar de ello él había decidido dirigirse a su casa o castillo. A esa extraña construcción mezcla de fortaleza vanguardista y castillo feudal. El cura había resuelto que alguien que podía superar los límites de su propia locura y traer desde los confines de su imaginación ese singular diseño tendría algo de ingenio.
Luego de ese discurso había sacado de su morral de cuero de oveja un tablero de ajedrez y una bolsita de tosco algodón tejido al uso guaraní que contenía unos trebejos artesanalmente tallados en madera de Palo Santo. Explicó que la vejez lo había vuelto nostálgico de la civilización hacia tantos años abandonada (él también era una víctima de los inobjetables engranajes de la Iglesia) y para él recobrar algunos disfrutes de su época de seminarista seria como recuperar el paraíso perdido. Le sugirió que podía hablar bien de él ante las familias poderosas del pueblo, ante los ingenieros de la Standard. Recomendar a las familias bien del pueblo que lo dejen vivir en paz esta vida desolada de último espécimen de una especie aniquilada y feroz. O de simple loco.
Empezaron a jugar en el comedor de ventanas ojivales, el piso de cemento tratado especialmente para simular mármol brillaba bajo las bombillas alimentadas por el generador eléctrico que proveía de energía al castillo. El cura jugaba con un estilo afectado. Era evidente que de alguna manera había conseguido aprender el estilo de Capablanca, un juego caballeresco, un juego elegante. Definitivamente débil. A la quinta derrota detuvo sus movimientos y miró fijamente a Thomas, a sus despectivos ojos de un celeste acuático… exactamente los mismos ojos fríos e indiferentes con que lo vigilaba un rodwailer gigantesco sentado ala derecha de su amo. En silencio el sacerdote guardó los toscos trebejos en su bolsita, retiró el tablero y se marchó. Desde ese día habló pestes de Thomas y de todos los alemanes durante los sermones de su parroquia.
Sorprendido nuevamente el viejo alemán por la visita del sacerdote le abrió por segunda vez las rejas de su morada y escuchó silenciosamente la propuesta que le traía.
El cura estaba preocupado por su rebaño. Notaba el problema cada día mientras transpiraba en el calor húmedo del confesionario: cada día más nervios, mas frustración en la conciencia de los habitantes de Bermejo. La inconformidad con sus vidas humildes, con los salarios bajos, con la total carencia de salud, de gobierno salvo por el cuartel del ejército. En esas mentes estaban naciendo dudas, las dudas llevarían a la falta de fe, a la revuelta.La misma espontánea combustión de espíritus insignificantes (salvo a los ojos de su Creador) que ya había visto ocurrir en otros pueblos.
Esta gente nunca había sido especialmente creyente, lo sabía. Pero la paciencia con que dios los había provisto generosamente había permitido el desarrollo de la región. Muchas buenas familias habían progresado. Las industrias madereras y petroleras estaban en auge. Solo el diablo podía tirar abajo todo ese edificio social, el progreso alcanzado no podía ser frenado por un montón de bárbaros, incrédulos. Violentos.
Las cosas en Bermejo podían ponerse duras y una de las primeras víctimas seria Thomas, su pasado nazi lo condenaba así como su soberbia demencia. El cura, sabiendo que la situación los convertía en aliados le traía un encargo.
Durante su primera visita había observado los extraños artefactos y mecanismos instalados en la mansión, la evidente inteligencia del viejo alemán y su amor por la ciencia eran premisas que solo dejaban una conclusión posible. Thomas había sido un científico durante la guerra.
Es por eso que el cura le ofrecía dotarlo de los fondos necesarios para la construcción de un artilugio que obnubilase las mentes de los Bermejeños, que los devolviese a la mansedumbre habitual. Solo ese artilugio salvaría la fe y las almas del pueblo. Era además su propia salvación, Los hombres debían olvidar todo pensamiento conflictivo y así también lo olvidaría.
El alemán lo observó con un desprecio divertido pero luego escribió en perfecto castellano una larga lista de elementos bajo el título de “Maquina del Olvido”. Mientras su silencioso anfitrión lo acompañaba a la salida el cura apretaba bajo su sobaco el morral con la nota en cuyas instrucciones estaba cifrada la supervivencia de su parroquia. Observó que el gran perrazo de ojos humanos que antes acompañaba a Thomas ahora había caído en desgracia, el animal lo miró desde el rincón del patio empedrado donde estaba encadenado. El perro de ojos lacrimosos tenia señales de haber sido terriblemente apaleado hacia poco. O quizás era torturado todos los días.El alemán recibió quince días después la visita de un camión militar con los materiales requeridos. Se encerró en su torre tres meses a trabajar.
Salió a la luz del mediodía al cuarto mes pálido como un fantasma, encorvándose para soportar los poderosos rayos del sol de verano. Devastadoramente intoxicado por los raros productos químicos que había debido manipular y enfermo de concentración y esfuerzo, se sacudió con largos dedos enflaquecidos las virutas metálicas y telarañas de su largo mandil negro. Apoyado en la puerta de hierro, en la verja de su castillo, pero sin abrirla, le pidió al primer vecino que vio que le avisase al cura que viniese a verlo. Su encargo estaba casi listo.
El sacerdote llegó esa misma tarde y se asombró del efecto que había provocado el trabajo en ese hombre. Como si hubiese recibido en un solo día los castigos por sus innumerables e inconfesos pecados, como si hubiese debido enfrentar una pulseada con el demonio. Enflaquecido, pálido, con su espalda vencida. Sus ojos brillaban con una extraña energía, con furia, clavados en el cráneo descarnado.
Bajaron juntos por largas escaleras a la penumbra del sótano del castillo, allí, por primera vez el cura escuchó su voz al presentar su invención. Mostrándole un laberinto de tubos de vidrio que subían y bajaban paredes entrecruzándose desordenadamente, con algo de telaraña gigante en su aspecto.Como si por las paredes tratase de escapar una ecuación interminable y demencial. Pero no, era más bien como un gran órgano escondido en las penumbras: el gran órgano catedralicio de los infiernos. Una maquinaria capaz de emitir sonidos a una frecuencia altísima, inaudible. Capaz de programar la mente de quienquiera que caminase cerca. Cortaría de cuajo cualquier pensamiento o recuerdo crítico o conflictivo de la partitura de la conciencia.
El cura lo miró asombrado. Lo felicitó incontables veces, luego, le preguntó cómo trasladar la instalación a un sitio discreto y seguro. El alemán desató su locura con una risa tenebrosa y respondió que era imposible, esa máquina era parte de la casa, las piedras de sus cimientos daban la resonancia justa y necesaria. Además la antena era parte misma de su torre. Había además un motivo último para dejarla allí. Thomas deseaba olvidar. Él lo necesitaba más que nadie.
Solo tuvo un último encargo para hacerle. Para finalizar su invención necesitaba como punto final del programa de la maquina las partituras de la Sinfonía en Do Mayor de Schubert. Esa hermosa melodía parcharía los huecos abiertos en la mente de los Bermejeños.
Tiempo después el sacerdote disfrutaba de una paz beatifica en su pequeño despacho, el cotidiano regocijo de su taza de té aromático se arruinó cuando leyó en el diario que el gobierno de Juan Pirón había decidido construir la escuela de Bermejo frente del castillo de Thomas.
Razonó toda la mañana y finalmente decidió no hacer nada. Un artilugio para olvidar situado justo frente a la escuela del pueblo… la situación no podía ser más equivoca… Sin embargo hablar, contarle todo a ese gobierno hostil a la iglesia hubiese sido agravar el problema.
Bermejo suspiró aliviado cuando un año más tarde murió un irreconocible Thomas. Su rostro inocente contrastaba con la facha de vampiro que había tomado desde hace tiempo. Una jauría de perros de ojos azules lo lloró durante años en el cementerio.
Los niños de Bermejo siempre pensaron que era su espectro el responsable de las extrañas visiones, como recuerdos borrosos, que aparecían al acercarse a su casa, camino de la escuela.

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