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El Árbol de la Memoria (Tercer Relato de la Serie de los Silencios)

En Bermejo existe, oculto tesoro de sus habitantes, un árbol que permite ganar una especie de libertad o al menos de paz.
Hay, cerca de la escuela del pueblo, un árbol que arranca los recuerdos de la mente de todo aquel que pase bajo su copa y sienta, en el rostro, su fresco rocío, en los oídos su rumor de hojas de un tono bajo pero obsesivo, un murmullo como de mil lenguas que, fríamente, criticasen al vecino que pasa cerca. No es posible saber con certeza como opera el prodigio. Si es gracias al hipnótico rumor de hojas de voces ajenas y cantarinas, si es el rocío que refresca al punto de quitar todo pesar… No se sabe. La corteza del árbol tiene extraños nudos reconcentrados, como viejos tumores torturados a lo largo de su superficie que varía desde todos los matices del marrón al negro más oscuro.  Es notorio que hay signos en sus hojas y tronco, que dan cuenta del extraño portento que tiene al árbol como epicentro.
El árbol es añoso, largamente centenario. Es seguro que ya estaba allí cuando el pueblo era solo un caserío. Así como se ignora el “como” tampoco sabe nadie claramente porque ocurre el milagro. Se aprendió a aprovecharlo luego de que cientos de incautos arruinaron sus vidas con solo pasar bajo sus ramas. El árbol probablemente sea un hechizo de Don Tomas, un viejo que se proclamaba curandero, aprovechándose de pacientes con la salud ya demasiado agotada como para criticar sus terapias. Es un embrujo la explicación más sencilla pero sin mayores fundamentos puesto que del viejo brujo solo se sabe el nombre y que su apariencia maligna era confirmada luego por un carácter traicionero y dañino.
Hace unas décadas, durante la transición entre alguna dictadura y otra democracia, un grupo de científicos llegaron al pueblo decididos a investigar las propiedades químicas del árbol, a sintetizarlas para utilizarlas como nuevo fármaco. En pastillas o como inyectable, la fórmula del olvido hubiese sido un nuevo éxito superior en ventas (y en utilidad para los enfermos) al invento de la anestesia, quizás incluso al de la aspirina. Lamentablemente bastó que los investigadores trabajen unos días bajo el árbol para que su profilaxis falle así que quedaron para siempre en Bermejo, trabajando en un discreto laboratorio. Nunca nadie fue tan inoportuno como para recordarles cuál había sido su propósito al llegar al pueblo.
Es que, como dijimos, Bermejo aprendió a aprovechar a su favor esa extraña maldición. Con el tiempo, con generaciones de incautos que perdieron quien sabe que recuerdos, el pueblo comprendió que había una relación entre muchos olvidos (de los verdaderos, no de los que se finge como positiva sociabilidad) y el árbol. Aunque siempre se intuyó que no tenía mucho sentido hablar del tema.
¿Hablar del olvido?
¡Es imposible!
Además, quienquiera que quisiese hablar seriamente del asunto debería acercarse a él para conocerlo y eso implicaba perder de vista el objetivo inicial… En fin, estaba claro que el árbol producía olvido. Y no cualquier olvido, olvido selectivo, olvido de los temas que producían sufrimiento, olvido de las cosas y situaciones conflictivas. Olvido que permitía recordar que la vida tenía un futuro más allá de rencores y disputas.
Luego de décadas de sufrir la compañía del árbol Bermejo aprendió a aprovecharla a su favor. Muchos fueron quienes se acercaron bajo sus ramas para olvidar fracasos, problemas, rencores. A pesar de que muchos lo negasen todos necesitaron pasar bajo sus ramas alguna vez.
A veces eran los padres quienes llevaban a sus hijos aun arrastrándolos para cobijarse juntos bajo la frondosa copa. También matrimonios o aun las parejitas de novios llegaban juntos o al menos uno de ellos para empezar una nueva etapa en sus vidas. Lamentablemente no había garantías y algunas veces se podía olvidar algo distinto de lo esperado. Podía olvidarse, por ejemplo, a la novia misma en vez de su infidelidad. Esos inconvenientes hicieron que los más sensatos trataran de alejarse o al menos mermar las visitas al árbol. Pero, como en una especie de adicción, hubo muchos que no pudieron evitar pasar por allí aunque más no sea una vez cada dos o tres días.

Algunos desesperados, victimas quizás de un olvido indeseado o simplemente personas obcecadas, dispuestas a tratar que sus determinaciones sobreviviesen aun al olvido mismo intentaron colgarse de sus ramas, poner fin a sus vidas de una manera romántica y paradojal puesto que el suicida que pendiese de esas ramas seria ya un ser inocente, ignorante del móvil del crimen, víctima de una tragedia ya ajena. Nadie pudo, sin embargo, superar el poder del árbol. Nadie fue capaz de saber qué hacer con esas sogas que junto a alguna que otra arma de fuego quedaron para siempre colgando de las gruesas ramas, dándole al árbol una apariencia tétrica durante las noches iluminadas por la luna.
Finalmente, como si se tratase de un castigo, quienes tuvieron la osadía de tratar de manchar con su sangre al árbol, vagaron el resto de sus vidas acompañados de una tristeza indefinible, heridos de una melancolía que ya no los dejaría pues no tenia causa ni nombre, ya era parte misma de su ser.
En medio de estas paradojas y extrañas condenas provocadas por el olvido caminaban temerosos los niños de Bermejo que se enfrentaban al gigantesco árbol todos los días mientras iban a la escuela y luego al volver a sus casas. Ellos no deseaban olvidar. Quebraba la mentira del olvido sus cortas vidas así que evitaban la vereda del árbol. Además este arruinaba sus esfuerzos por aprender. Oscuramente, ellos de vez en cuando percibían clandestinas figuras espectrales balanceándose en las ramas o acurrucadas como perros sin dueños en el suelo, a la sombra del gran árbol. Eran estos, probablemente
Un día llegó, sin embargo, en que el árbol preparaba como cada año sus flores como copos blancos en que semillas yermas esperaban el viaje a la nada cuando una terrible tormenta cayó y mojó todo Bermejo, una tormenta llena de truenos furiosos que callaron al pueblo lleno de cómodos olvidos y recuerdos abandonados y en medio de ella rayos como maldiciones llovieron sobre la tierra, sobre las casas impávidas y sobre el árbol también. La tierra se estremeció esa noche como gimiendo. El árbol del olvido dio también suspiros agónicos al ser herido por un tremendo rayo que lo golpeó, que quebró la mitad de su copa y la derribó en tierra. Esa noche en medio de la tormenta nadie oyó el murmullo del árbol, como de dolor, como de pena, como de alegría de viejos esclavos que al fin viesen la luz en medio de la noche cerrada, mojada, estremecida.
La mañana siguiente Bermejo amaneció bajo un persistente viento que se llevó las nubes pero que también esparció las semillas del árbol a lo largo de calles y jardines. El pueblo estaba nevado de pequeños copos blancos, tan infértiles como cada año pero dando cuenta igualmente de la llegada de la primavera. El árbol herido no funcionaba mas según pudieron comprobar sus deudos desconsolados que no pudieron reemplazarlo por la cerveza de los bares ni por la televisión.
Sin embargo, cosas aun más extrañas se verían en el ahora desconsolado pueblo. Bermejo, lugar tranquilo hasta en sus crisis que estallaban sin más preámbulo que un saludo, se empezó a sacudir con viejas reyertas hacia años enterradas, hubo quien luchó por reabrir el viejo club de fútbol, cerrado hacia cincuenta años. Otros recordaron las luchas contra la Forestal, Otros más se apasionaron por las viejas guerrillas que combatieron contra la dictadura. El pueblo floreció de pasiones y activismos diversos. En medio de la entrega, de la euforia del pueblo elevado por esas Causas nadie notó (cosa que hubiese extrañado a cualquier forastero) lo inusual de ver a los empresarios recordando las consignas de los desposeídos, a los militares recordando los derechos sociales, a los jóvenes despreocupados anhelando trincheras y metrallas. Es que el árbol, al ser herido por un rayo durante la tormenta había liberado a los cuatro vientos los recuerdos encerrados durante décadas y, estos, habían sido tomados al azar por los vecinos.
Extraño pueblo, Bermejo que, habiendo recibido la oportunidad de sacrificar sus recuerdos para poder sobrevivir, recuperó en una sola noche las pasiones que muchos no conocen a lo largo de toda su vida.
Extraña cosa, también, la memoria. Susceptible de ser bien fungible, de ser regalada, perdida, heredada, recuperada o hallada. Y aun siendo tan volátil su materia es capaz de llenar cabezas y corazones de coraje y sentido.

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