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Tres Fragmentos de Olvido

Me despierto y nuevamente inicio los cotidianos ritos que me disciplinan en una laxa abulia. Limpiar rutinariamente los rincones de la casa, barrer las hojas que mañana volverán a caer, charlar con los vecinos sobre el clima que estará un poco mas cálido que ayer, un poco mas frio que mañana. Todo, todo se repite casual pero disciplinadamente. Todo menos Ella. Es a ella a quién no se ha de volver. Merece, eso es inevitable momentos de pánico y odio y aun amor en los sueños. No tiene relevancia pues no la recordare durante la vigilia.
No voy a recordar el miedo en su rostro –ni en el mio- cuando se fue, no voy a recordar que me olvido.
Los rituales de la soledad se repiten hasta que llega Benicio, el viejo toba que visita de vez en cuando a mendigar que le compre artesanías deficientes, verduras mezquinas o simplemente a pedir un poco de comida. Hoy llega con una pequeña bola  de hierro infinitamente herrumbrado que le recibo a cambio de un poco de pan duro y unas monedas para que se compre un poco de alcohol con el que calmar su demencia, su barbarie y su desarraigo.
Dedico lo que queda de la desolada mañana de calor sofocante a limpiar el herrumbre del balón de hierro. Descubro que en el esta grabado un escudo heráldico. Restos de algún conquistador y de su lucha contra los indios, con seguridad. No es el primer resto valioso que halla para mi ese indio ignorante, sacare buen dinero por el amplio lote que he formado de mis propias excursiones y de las baratijas que los indios me han vendido.  Esos negocios son para ellos los últimos espejitos de colores.

Benicio llega al río de madrugada, el día asoma radiante, la débil humedad del aire vuelve glorioso al sol que no podía -en ese frescor- temerse, mas tarde si, el suelo gredoso arderá y el sol será un enemigo odiado.
El indio se acerca y mientras sus ojos legañosos se espabilan de las nubes del alcohol farfulla en una lengua olvidada palabras cariñosas hacia el espíritu superior que es dueño del río así como hacia los peces, los yacares, los pájaros y las culebras que lo pueblan.
Frente a él, allí donde èl ve la vida aun bullir y ofrecerse se extiende el lecho muerto, gredoso, resquebrajándose bajo el sol, el seco cadáver del Bermejo.
Benicio continúa saludando a un río que solo vive en su memoria y en la de su pueblo, sin levantar los ojos y ayudándose con un machete escarba el suelo eligiendo un lugar al azar, lo abandona cuando empieza a emerger la osamenta de un yacare, temeroso se aleja unos metros y respetando el descanso del animal hermano continúa su azarosa busca.
Ha llegado el mediodía cuando se aleja -mas apremiado por el hambre que por el calor- llevando en su morral una bola de metal envilecida por los siglos, ultima riqueza que ofrenda el río al toba respetando hasta el final el pacto inmemorial.

Lope, se levanto ese día afiebrado por el sol que ampolla su piel allí donde la protege la armadura así como la maldice en las zonas descubiertas y grita desaforado: -¡maldito sea el rey, maldito sean los indios infieles y maldito sea esta expedición de malditos!-.
Sus hombres lo aplauden alegre y violentamente, reconocen alguna virtud en esa original costumbre de su Señor aquí en esta tierra donde no hay ni siquiera gallos (y si los hubiese ya estarían nadando en una olla). Continúan la marcha en la balsa en medio de la neblina de insectos que atacan sistemáticamente a los hombres y bestias de la balsa, las bendiciones y las maldiciones no los alejaron. Ni siquiera pudieron con esos pequeños demonios los pájaros que forman una corona circular, como una flota a punto de ser devorada por una tormenta allí en el cielo; que vuelan lentamente, ahítos de tanto comer. Al mediodía y luego de almorzar en tierra firme -como cuadra a los hombres de Dios- Lope presencia la inevitable muerte de su hija en medio de vómitos y una constante hemorragia. Luego de sepultarla bajo una piedra blanca se dirige a sus hombres y les ordena cargar los cañones y disparar al sol, al cielo, a los insectos, a la selva y al río. Dispararle al tiempo que se burla de los pobres espíritus que en el se pierden. En silencio también dispararon los hombres cansados de hablar, cansados de nombrar elusivamente las queridas cosas que ya no están, de nombrar las maldiciones que llegaron y que seguirán sobre ellos, aun luego de haberlos exterminado.
Las balas surcan el cielo y se estrellan sobre tierra, cielo y agua. Todo permanece.

(Escrito en de setiembre de 2010)
Nota:


Este es –principalmente- un homenaje a A.Carpentier. Su persistente concepto de una Historia que se atraviesa constantemente a si misma me es muy grato, muy convincente. Pero, más que nada, creo que no son solo estas tres mezquinas historias engarzadas cuentas de un rosario inconsolable el homenaje necesario.
Lo más bello de la literatura latinoamericana consiste en una batalla eterna contra el tiempo, el tiempo que nos devora no sin antes robarnos todo lo que nos da entidad.
De alguna manera es un extraño argumento de una cuestión que no enunciare el echo de que fuera nuestro continente lleno de expulsados e inmigrantes el que produjo una guerra contra el tiempo.

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