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Hacia el Río (Primer relato de la Serie de La Fuga/Fuga del relato de La Caravana)

Callado, un hombre viejo, con una torva expresión que sería solo desgraciada sino fuera por la cicatriz que desfigura su rostro tuerto y le quita drásticamente toda humanidad. Es testigo silencioso de como sus compañeros confabulan, descaradamente, a sus espaldas.

El observa, silencioso como corresponde a un sirviente, la situación. Sus patrones criollos huyen desde hace semanas del asedio de las tropas del gobierno. Al parecer buscan huir por un camino discreto a Potosí. Allí –por lógica- venderán su carga, el único tesoro que aun los liga, que da forma a esa caravana perdida. Es un negocio desesperado: Llegar a las puertas del infierno para allí vender lo que aún conservan de espíritu. Caballeros arruinados en ese punto, seguramente venderán también a sus sirvientes para que sean devorados por las minas ya mezquinas de la ciudad maldita.

Durante las noches, los sirvientes aprontan su plan de fuga. Las tropas del gobierno ya se acercan. En pocos días los alcanzaran y es seguro que no perdonaran ninguna vida. Menos la de los sirvientes. La única salida es huir antes que sea demasiado tarde. Planear el escape es sencillo en medio de los amos asustados que solo sostienen de su perdida nobleza un trato despectivo para con sus sirvientes.

Sin embargo, el problema de la fuga consiste en escabullirse también de cualquier partida militar que recorra el monte. Se sabe que ejecutan a cualquier grupo de indios que sea hallado vagando. Desde el inicio de la guerra entre españoles y criollos fueron tantos los indios libertos por sus méritos en la batalla, como los que se escaparon de las propiedades de sus amos. Hoy, ante la imposibilidad de reducirlos a todos nuevamente a la servidumbre, el gobierno promulgó leyes contra el vagabundeo y se ha dedicado sencillamente a matar a todo aquel que se ponga a tiro de fusil. Estas ejecuciones sumarias se distinguen por el edicto sellado que los soldados clavan en el árbol más cercano o en alguno de los cuerpos que quedan despatarrados y sin sepultura. Aun incapaces de edificar ninguna institución sólida, los criollos están convirtiendo el monte en su desordenado archivo.

Definen entonces, los indios, su plan. Huir. Internarse en el monte. Cruzando el río Bermejo porque hacia el este ya es territorio libre. Quizás podrían refugiarse en el Paraguay. O integrarse en cualquiera de las tribus libres que aún viven perdidas en el monte. Calculan que nadie los perseguirá. Ni sus amos preocupados por su propia fuga ni tampoco las tropas del gobierno que ignoran su existencia. Solo deben ocuparse de encontrar y cruzar rápidamente el río.

Al llegar la noche decisiva despiertan al viejo indio desfigurado y lo obligan a que los acompañe. Él fue educado por los curas y podrá serles útil si se les presenta alguna negociación importante.

Rodeados por la oscuridad caminan como entre sueños. Nada es imposible en la noche. Se puede encontrar el hogar natal tanto como la muerte saltando al cuello en un ciego instante.

El viejo camina en la vigilia onírica y recuerda una voz adusta que le indicó hace años cuantos rosarios debía rezar cada noche: quiticientos. Infinitos rosarios sin ninguna esperanza de salvación. Con su oscura piel, con su servidumbre, con la maldición de su nombre y su pecado innombrable él solo tiene derecho a cantar a lo largo de toda su vida himnos a un dios que lo ignora. Está casi completamente perdido en su sueño sonámbulo cuando una piedrita le golpea la mollera. Se espabila y vuelve a ponerse alerta en el monte que amenaza con devorarlos si pierden la atención durante unos segundos.

Intuye que el pequeño golpe le ha salvado la vida pero, después de todo, cada paso en este monte hoy desconocido, que los ha visto nacer solo para ser rápidamente capturados, puede ser mortal. La mañana desciende lentamente por el techo de ramas y llega hasta ellos indicándoles el este hacia el que deben dirigirse. Caminan silenciosos. A él directamente lo ignoran. Seguramente no es por su rostro desfigurado. ¿Qué les importa a ellos? Pero no merece su confianza por haber sido criado tras las paredes de un convento. Por conocer tanto de los criollos como para ser considerado uno de ellos. Y porque, aun si quisieran llamarlo, su nombre de bautismo es una afrenta que incomodaría a todos.

Al mediodía el hombre que camina delante suyo le alcanza un pedazo de pan. Es poco lo que han tomado de la caravana pues poco había en ella. Este primer día tomarán la precaución de no buscar caza para alejarse más rápidamente de sus amos.

El día avanza y ellos persisten en su ciega travesía. El hombre viejo, se mueve con lentitud al final de la hilera agobiado por el hambre y extrañando su acostumbrada siesta de secretario, en un rincón del fresco suelo del despacho de su amo. Tambalea y parte de él desea dejarse caer sabiendo que si lo hace deberán dejarlo allí.

De repente, frente a él, volvió a presentarse un hombre vestido con sotana que le gritaba una y otra vez los mandamientos. Cada ley era memorizada gracias a correazos para que las leyes queden marcadas en la memoria así como dentro de las cicatrices en su piel.

Desea con más fuerza quedarse sentado en ese monte hoy extraño –aun cuando sus compañeros deberían matarlo antes de seguir viaje sin el- pero un golpe seco en medio de la frente lo espabila. Ofuscado por el golpe continúa caminando, tropezando con raíces y la húmeda hojarasca que se pudre constantemente y que ya les hace picar los pies a todos.

Cuando la tarde apenas empieza a oscurecer el monte silencioso, el viejo levantó la vista hacia las altas ramas y cruza una larga mirada con el monito que lo ataca. Sus redondos ojos negros sin intención ni inteligencia no pestañearon. Llevaba en una de sus manos una piedrita, en la otra una pequeña y roja fruta silvestre. Se sostenía de las ramas gracias a su cola.


Poco después de este silencioso encuentro llegó la noche y el grupo de fugitivos que estaba ya agotado por la larga marcha y el hambre decidió descansar. Buscando los mejores lugares para guarecerse de animales e insectos nocturnos se prepararon para dormir. El viejo se despertó en medio de la noche luchando para desatarse de la corta soga que un cura le había atado en el cuello (hacia años pero en medio de su pesadilla el aun sentía que le impedía respirar) y que lo obligaba a dormir de pie, para acostumbrarlo a estar siempre alerta a las necesidades de su dueño. Conteniendo un ataque de tos se levantó e incorporó silenciosamente y empezó a caminar para escapar de sus compañeros (o de los pasillos del convento, en su cabeza aún no estaba claro).
A poco de caminar entrevió las luces del campamento de los soldados del gobierno, oculto en medio de los árboles se acercó para observarlos sigilosamente. Podía entregarse y quizás le perdonasen la vida si los llevaba hasta el lugar en que se refugiaban los indios fugitivos. Es más, ellos indicarían la presencia y quizás la ubicación de los criollos perseguidos. Durante un instante contempló el destino. Detenidas frente a si, la vida y la muerte y el sin atreverse siquiera a sopesarlas (era un esclavo y no le correspondía a él hacerlo). De repente una pequeña piedra le golpeó en la nuca y casi lo hace gritar de asombro y dolor. Detrás suyo, trepado a la copa de un árbol, el monito lo observaba y preparaba en su mano una segunda piedra y parecía dispuesto arrojársela si avanzaba hacia los soldados criollos.

Tan silenciosamente como había llegado volvió hacia el refugio de los indios fugitivos y los despertó. En voz muy baja les explicó que estaban durmiendo a pocos pasos del enemigo. Rápidamente continuaron la marcha.

Esa mañana la disfrutó como ninguna otra. El verde parecía más brillante iluminado por los primeros rayos del sol. Las raíces herían poco y nada sus pies poco acostumbrados al suelo desparejo del monte, la humedad podía olerse en el aire… Si, podía oler una veta de humedad. Tocándole el hombro a quien marchaba delante suyo le indicó que lo siguieran (lo obedecieron en silencio confiado y respetuoso) y con bastante seguridad fue abriéndose paso entre las enredaderas hasta llegar al crecido lecho del río.

Habían llegado, por fin, a la libertad. Uno por uno fueron arrojándose al agua para atravesarla con brazadas vigorosas pues su correntada era fuerte. Él se quedó al último y antes de lanzarse levantó su cabeza hacia donde el monito lo observaba y cubrió su ojo sano con su mano. Mirando con la cuenca vacía de su ojo tuerto distinguió a su hermano muerto hacía más de cincuenta años a manos de los criollos, encaramado en la copa del árbol. Esta vez ambas manos estaban vacías y parecía despedirse con una mirada infantil. Sonriendo, enfrentó al río y se arrojó a él. Con fuerza fue abriéndose paso a través de las aguas pero el cansancio amenazaba con dominarlo. Días sin dormir y toda una vida con poca comida lo obligaban a concentrarse para ordenarle a sus brazos que trabajen y mientras trataba de dominar un ataque de tos. De repente, sintió una pequeña mano asir su talón y, cansado y agradecido se dejó llevar hacia el reencuentro.

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