Juan llegó a Buenos Aires en tren. Sus padres habían muerto en un accidente desgraciado y habitual en la destruida ruta en que viajaban desde su pequeño pueblo hasta una ciudad vecina. Sus únicos familiares eran sus padrinos, un matrimonio amigo de su padre, gente con un relativo desahogo financiero, quienes al enterarse del trágico accidente llamaron inmediatamente al Juez de Paz e hicieron liquidar todas las propiedades de los muertos. El dinero reunido se giró a la capital del país por un simple trámite bancario. Luego, solo con una pequeña valija, Juan llegó a Buenos Aires en tren. Sus padrinos lo recogieron e inmediatamente lo asentaron (gracias a pequeños sobornos a los funcionarios de las oficinas del Registro Civil) como su propio hijo. Era necesario que el sistema aceptase al chico como hijo de ciudadanos porteños. Eso le facilitaría su futuro. No fue a la escuela inmediatamente. Antes debía aclimatarse. Sus padrinos convirtieron ese periodo necesario en varios años...
Relatos por Gustavo Andrés Murillo. Ficciones y mitografías nacidas al calor de la terminal crisis del norte argentino.