El hombre viejo llegó a su casa pasado el mediodía. Aparatosamente estacionó en la vereda levantando polvo desde la arenosa calle y supero rápidamente el pastizal que servía de frontera natural entre la arena de la calle y los relucientes cerámicos de la vereda. Sin siquiera mirar arriba, protegiéndose del sol, abrió las cerraduras y entró a refugiarse en los paraísos del aire acondicionado dentro de su hogar. Casa de dos plantas, una hermosa fachada y un jardín minuciosamente atendido al frente, pero en el calor del mediodía nadie iba a reparar en ello. La calle estaba desierta, ni una lagartija. Él mucho menos, harto de atender gente que lo juzgaba y criticaba (íntimamente, por fuera solo le ofrecían obsequiosas sonrisas), de su casa solo disfrutaba el interior, el refugio. El resto siempre había pensado que simbolizaba un presente para su familia. Encontró a su mujer en la cocina. Había estado buscándola a ella o a la empleada que la ayudaba en las tareas domésticas por todas...
Relatos por Gustavo Andrés Murillo. Ficciones y mitografías nacidas al calor de la terminal crisis del norte argentino.